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¿Intolerancia a la democracia?

Óscar Fernández González

Hace tiempo leí un libro de Enrique Cebrián, profesor de Derecho en la Universidad de Zaragoza. Bajo el título “Sobre la democracia representativa” Cebrián realizaba un análisis, si no recuerdo mal respaldado por su tesis doctoral, de la democracia representativa tratando de dar la respuesta a la pregunta de si, per se, este modelo de elección y representación de los ciudadanos es el mejor. Perdiéndome entre sus páginas, cuyas intricadas frases me dieron más de un quebradero de cabeza, surgieron en mi multitud de dudas, de nuevas conexiones con saberes previos y, sobre todo, una tremenda desconfianza ante este sistema. Lo que de ahora en adelante se puede leer es un resumen desmembrado del producto de una observación superficial del funcionamiento de un sistema democrático motivada por la frustración originada por la disolución de un voto en una masa satisfactoriamente educada.

Bajo la democracia representativa subyace principalmente la idea de que un ciudadano vote al representante que considera más apto para representar sus intereses. La confianza se deposita aquí idílicamente en el ser humano individual, dueño de su razón, que desde una perspectiva introspectiva razona para seleccionar la opción que considera más conveniente para la sociedad. Ahora bien, existe un matiz importante que añadir. Durante la selección de un partido al que votar bajo la premisa de que encaja con los intereses del votante este no suele detenerse a pensar en el impacto sobre el resto de las personas que participan en las mismas elecciones, o al menos no lo hace de forma positiva. Una de las razones de que esto ocurra es que unas elecciones no dejan de ser una competición con tintes del más puro estilo darwiniano. Si un partido político no se adapta y consigue el número suficiente de escaños desaparece su vida, entendida como metáfora de su influencia sobre el gobierno resultante.

La batalla por captar la atención del votante es siempre encarnizada. Se esgrimen todo tipo de argumentos falsos, engañosos, manipuladores. Se inventan estadísticas, estudios, ataques personales. Y, sobre todo, se hacen promesas. Les digo ahora que absolutamente ningún partido, sea de izquierdas o derechas, cumplirá jamás su programa electoral al pie de la letra. No se necesita ser politólogo, economista o superdotado para saber esto. Probablemente sea la pamplina más aceptada en democracia. Aun así, no creo que importe demasiado. Seguro que muy pocos han leído si quiera el programa del partido que han escogido. Los votantes de uno u otro lado se suelen quedar con las frases grandilocuentes, las promesas de oro, las caras sonrientes, y con el rechazo a quien no piense igual.

Es de vital importancia no olvidarse de que la democracia es una competición. Una competición que se rige además por las leyes de la oferta y la demanda. Pueden comprobar como en innumerables ocasiones se hace referencia en los medios al trasvase de votos entre partidos, al origen de una formación política que da representación a un grupo que antes no encontraba sus ideas representadas, o a la desaparición de un partido de la vida política porque no consigue los suficientes apoyos. Oferta y demanda. Los expertos de cada partido se conocen bien las reglas y hacen todo lo posible para adaptar sus formaciones políticas a ellas. Si un grupo suficiente numeroso de personas no cree en el cambio climático, una formación política sin suficientes escrúpulos no dudará en incluir la pasividad ante el mismo en su programa. No importa si dentro de unos años se producirá una catástrofe, lo que importa es llegar al poder, gobernar. Introducida la variable de una opción que conlleve un impacto objetivamente negativo sobre la sociedad demócrata en su totalidad cabe preguntarse. ¿Hasta qué punto son responsables los votantes del partido gobernante por el impacto negativo en la sociedad?

Mi opinión es que la responsabilidad directa del votante es muy poca. Aldous Huxley, en su libro “Un mundo feliz”, describe una sociedad futura donde todo el mundo es feliz porque se ha eliminado el deseo. Todo el mundo tiene lo que quiere. Todo funciona como un engranaje bien engrasado. La sociedad tradicional que lucha internamente entre sí ha sido eliminada para dar paso a un estado de máxima satisfacción. Muy pocos son los descontentos pues apenas es necesaria la represión. Desde pequeños todos los seres humanos del mundo de Huxley absorben una cultura, unos valores y un sentido de la vida. Aprenden a querer algo que luego se les da cumpliendo con su ideal de felicidad. Ellos no han elegido nacer y vivir en ese mundo. Tampoco hemos escogido nosotros el nuestro.

En nuestra sociedad se nos enseña que no todo el mundo puede ser feliz. La vida es una competición, y en una competición algunos pierden y otros ganan. No es plato de buen gusto perder en nuestra sociedad básicamente porque para los perdedores no hay plato. Cuando se hace referencia a inmigrantes que escapan de una guerra más de una vez he podido escuchar: “¿Por qué no luchan por sus derechos?” o “Que se arreglen en su país”. Se nos enseña todos los días, desde bien pequeños, a mirar para otro lado en los temas que no interesan. Poca gente ha visto una granja de cerdos hacinados y enfermos. Poca gente se ha visto cara a cara con un ser humano al que le han matado toda su familia. Poca gente quiere aceptar que el consumismo desproporcionado terminará a este paso con nuestra especie.

No, sin duda la responsabilidad no es del votante, sino de aquellos que, siendo conocedores de ese adoctrinamiento desalmado, lo perpetúan haciendo todo lo que pueden para mantener al ser humano mirando en la dirección que a ellos le conviene. He comenzado a perder la fe en la democracia como sistema político desde que precisamente he girado mi cabeza para mirar hacia todos los lados. Girándola hacia mi lado izquierdo veo falta de propuestas reales y posibles de cambio estructural. Girándola hacia mi lado derecho veo la razón para describirme como intolerante con las ideas de sus líderes. Ahora bien, me niego absolutamente a retorcer mi cuello partiéndomelo para dejar de mirar. Prefiero seguir adelante para descubrir nuevos caminos.

En las elecciones españolas del 10 de noviembre de 2019 VOX, un partido político de extrema derecha obtenía más de 3 millones de votos. Su líder, Santiago Abascal, en un mitin del 6 de octubre de 2019 en la sala Vistalegre, que fácilmente se puede encontrar en las plataformas online, decía todo tipo de barbaridades. Pronuncia además sus palabras bien ancho. Confiado de sí mismo, con el pecho bien erguido. Con toda la razón del mundo. Voz alta, firme, contundente. Como la de un militar. “Como un buen español”, diría alguno pronunciando las palabras bien llenas, acompañadas de un puñetazo en la mesa. Su figura iluminada es alabada bajo los aplausos y gritos de una masa patriótica excitada. Escuchándole me compadecí de aquellas personas que le habían votado. Escuchándole sentí pena por la democracia.

“Se mira para otro lado ante las manadas de inmigrantes que este verano han ocupado las portadas de nuestros periódicos”. Creo que ninguna persona, ningún ser humano, sin un adoctrinamiento y sin un lavado de cerebro absoluto, votaría por un partido cuyo líder tacha de manada a un grupo de seres humanos. Sus palabras reducen la ontología de estos seres humanos a la de un animal. Pero no ha un animal cualquiera, sino que por su tono se deduce un animal sucio, prescindible, molesto, asqueroso. Poco después, espeta: “Se imponen nuevas religiones, puede ser la hembrista, o puede ser la climática”. Hembrismo supongo que, haciendo referencia al feminismo, tratando de darle un revestimiento de ideología sectaria. Y de nuevo se me escapa de la racionalidad como puede tachar el cambio climático de “religión”, como si fuese una creencia. Los 11.000 científicos que firmaron la advertencia del desastre de nuestro modelo de vida en la revista BioScience son unos habladores, unos conspiradores. Este hombre sabe más que ellos. “Yo no soy científico, yo soy político”, dice. Para luego proseguir con el motivo que me impulso a poner por escrito todos estos pensamientos. Sin vergüenza, sin pudor, sin argumentos, comienza una retahíla anafórica presidida por la palabra “Desconfiad” sobre temas variados para terminar con esta perla, cumbre de la demagogia y de la irracionalidad: “Hay una emergencia climática, no lo sé. En principio me parece que hay una trampa nueva del marxismo cultural”.

Mientras se permita la libre manipulación. Mientras se siga favoreciendo la desinformación, la confusión y la ignorancia. Mientras se permita la existencia de partidos que pretenden llevar a cabo propuestas que no benefician ni a los propios votantes. Yo no confiaré en la democracia como un sistema efectivo de elección de gobernantes. Eso sí, tampoco me cansaré de denunciar sus irregularidades y disparates.

En un capítulo de la serie americana “The Simpsons” el padre de familia, Homer, trabaja como heladero. Con un automóvil estrafalario al estilo de MTV Tuning el personaje recorre las calles vendiendo helados a los niños. Uno de ellos, sentado en la acera, recibe un cucurucho con una bola de lo que parece nata. El chaval, en vez de alegrarse, le dice a Homer: “Soy intolerante a la lactosa”. El heladero amarillo, enfadado, le contesta: “Comete el helado. No aceptamos intolerantes en este país”. Agrandemos hipotéticamente la historia diciendo que los padres del niño le han engañado repitiéndole desde pequeño que es intolerante. Por lo tanto, si no prueba los helados, ellos no tendrán que pagarlos. Ha confiado en ellos toda su vida, por lo que nunca se ha quejado. Quizás sea hora de que alguien le haga probar su sabor para despertar y dejar voluntariamente de lado su intolerancia.

Catro erros e un gran final

Autora: Alba Reigada


Non vou entrar en quen mentiu máis ou menos, quen falou mellor, quen sacou máis fotiños ou papeis, ou libriños (sabemos quen, os enxeñosos memes de Rivera son brutais). No que si vou entrar é en que o debate de onte en TVE non representa a unha parte grande da sociedade española.

Catro homes, tres en traxe e gravata, un cuarto en camisa… Faltaba algo e sobraba todo. E só era a foto inicial.

O primeiro erro é que os candidatos á presidencia sigan sendo iso, candidatos, e non haxa ningunha candidata. O funcionamento interno dos partidos e as súas bases deberían comezar a canalizar o sentir dunha gran parte da sociedade, que si, pese a quen lle pese, é feminista. Enténdase feminista pola igualdade de dereitos entre mulleres e homes, é dicir, o seu significado real, non hai outro.

O segundo erro: que ata última hora estivese no aire que se fixese un debate na televisión pública cos candidatos dos catro partidos con máis representación no Parlamento. Foi lamentable. Por se o xornalismo non se usase o suficiente para intereses políticos, tamén era necesario faltarlle ao respecto á televisión pública, que quedase ben claro que usar a RTVE para fins electorais está xenial, pero para comunicar da un pouco igual. Iso, lamentable.

– Como lamentable foi o terceiro erro, aínda que este xa é vello coñecido. Un debate que non foi tal. Eran as dereitas contra Sánchez, e Iglesias falando só e recitando a Constitución. Nada máis.

Bueno, algo máis si. Cataluña e os indultos, e Torra, moito Torra.

– O que nos leva ao cuarto erro. A falta de respecto a todas as comunidades autónomas que non son Cataluña.

Non é cuestión de que se vaia “romper España”, non. España xa está rota pola desigualdade. E non é que non o vexan. As máis de 50.000 persoas da manifestación da España vaciada deixárono ben claro o 31 de marzo en Madrid. Pero claro, esa xente só interesa para pedirlle o voto. Para falar en prime time no primeiro debate electoral antes do domingo, non gusta, non é tema que teña morbo, non vale para insultar ao adversario, nin para sacar fotiños. Para iso só vale Cataluña, e os indultos, e Torra.

E chegando ao final veu o mellor.

O peche de Xabier Fortes dicindo “coma sempre, moi boa noite” foi épico.

Agora que o penso, vai un erro por cada candidato…A calquera se lle quitan as ganas de votar.